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Pertenezco a esas últimas generaciones donde tuvimos la fortuna de ser criados por una mezcla entre padres y abuelos.

Es dificíl impregnar en palabras todo aquello que mi abuela significó. La Omi era ese sauce de movimiento suave y mecedor bajo el cual uno se arrima para sentirse abrigado por la vida. Su casa, era el hogar de la familia ampliada. Un lugar de encuentro en el barrio. Hogar en el que habitamos varios en varias oportunidades. Ese útero materno al que uno siempre retorna en busca de cobijo y seguridad que solo la sombrea de los árboles conocidos nos otorga.

La Omi fue anfitriona por décadas de navidades, cumpleaños y encuentros familiares. Muchos recuerdos se vienen a la mente: los remolinos que armábamos en la piscina, los veranos en las termas de Chillán cuyo cancionero aún recuerdo, el árbol navideño tornasol con adornos de vidrio, las casas y castillos que armábamos con sábanas colgadas en los alambres del patio, los refalines de colchonetas en la escalera, las tardes en la fábrica, corriendo entre rollos de tela o jugando en su oficina con el papel calco. Mis cumpleaños de curso completo. Las recogidas del colegio y los casette de Myriam Hernández que cantábamos al regreso, las tardes haciendo tareas. Recuerdo perfectamente su letra. Los kilos de manjar que comí viendo teleseries en su casa, a veces manjar solo o a veces mezclado con helado o crema. Las historias del Reader’s Digest siempre en su velador. La mesa del comedor cuidadosamente acomodada para recibir a quien llegara. Las onces con sus amigas de vida.

Mi abuela también era sinónimo de elegancia y estampa. Recuerdo las tardes en que me dejaba revisar su closet y probarme su ropa. Zapatos bordados, vestidos preciosos, pelucas y sombreros raros, centenares de pañuelos de seda, joyas y cajas perfectamente acomodadas al interior de sus cajones. Llegué a conocer ese closet de memoria. Su peinado estupendamente acomodado, sus manos perfectas, sus vestidos con dosis justas de estilo y elegancia, el acompañamiento preciso de perfumes y labiales. Siempre sentí que era como un personaje de alguna realeza puesto en medio de una familia que poco sabía de eso.

Es verdad que mi abuela no era de emitir opiniones y aparentemente de pocas decisiones, pero su lenguaje era distinto. Fue de las pocas mujeres que estudió en su época, trabajó fuera del hogar, nunca la vi cocinar, manejaba su propio auto, llegó a tener varias propiedades y tener completa autonomía financiera, diseñó cada rincón de la casa, levantó y botó paredes sin preguntar, apoyó toda vez que sintió que podía hacerlo, fue una amiga y abuela incondicional.

Siendo madre, soy consciente de todo el esfuerzo y generosidad que significó elevar ese sauce y construir esa sombra abrigadora. Fue el resultado de una vida y de miles de detalles sumados.

Ahora que ya no está, me asusta pensar qué pasará con ese cobijo. ¿Seremos capaces de sostener o volver a erigir la sombra de ese sauce? Puesto en una mirada histórica, el espacio de humanidad que tenemos como sociedad, ha sido forjado en parte importante al alero de esas sombras. Los tiempos modernos, sus velocidades y formas, no son tierra fértil para este tipo de árboles, pero igualmente nos toca hacer la posta. Cuando parte una mujer longeva en nuestro país, tomamos consciencia de que han sido los pilares sobre los cuales se ha construido nuestra historia. Las mujeres son fuente y sostén de vida.

Querida Omi, gracias por toda la entrega y amor. Gracias por el apañe y la aceptación de cada uno de nosotros en tu corazón. Gracias por la familia. Gracias por las últimas vacaciones a pesar del peso de tus pies. Gracias por ayudarme a volar.

 

* Este texto fue compartido por una colaboradora tras la muerte de su abuela en febrero de 2024.

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